Becadas y becacinas irlandesas

Becadas y becacinas irlandesas

Irlanda, por su situación geográfica y sus ecosistemas, siempre ha sido el lugar de paso e invernada de muchas aves migratorias, especialmente becadas y becacinas. Hasta allí fuimos a cazarlas en mano y con perros, a pesar del mal tiempo. Lucas Urquijo y un servidor se hospedaron durante tres días en casa de Chris De Margary, quien fue durante once años saxofonista del grupo pop Simply Red.

Texto y fotos: José I. Ñudi

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No ha parado de llover en toda la noche y ráfagas huracanas han sacudido con furia la casa en la que Lucas Urquijo y un servidor nos hospedaremos durante 3 días. Esta vea buscamos el vuelo de becadas y becacinas. Estamos en el norte de Irlanda, en casa de Chris de Margary, quien fuera durante once largos años saxofista del grupo pop Simply Red.

En 2006, con 39 años, Chris decidió retirarse de los escenarios y del mundanal ruido. Echaba de menos el campo y su afición favorita, la pesca, que practica desde los 8 años. Así que con lo ganado durante su carrera musical compró un terrenito, se hizo un precioso lodge y alquiló los derechos de pesca de un montón de kilómetros del río Glenmore, donde abunda la trucha y el salmón. Ahora se dedica a pescar y a traer pescadores. Pero también ha adquirido los derechos de caza de unas doce mil hectáreas y quiere hacer lo mismo con los cazadores.

La llegada del amanecer, a priori esperanzador, no amainó nuestra incertidumbre. ¿Cazaríamos con este tiempo? Desde el amplio ventanal de mi habitación veía los árboles contorsionarse exageradamente y todo estaba chorreando.

Habíamos tenido mala suerte con el tiempo. Nuestro viaje, programado con bastante antelación, había coincidido con un frente atlántico de viento y agua que invitaba a pasar las horas delante de una chimenea.
Pero a nuestro anfitrión y a sus amigos, Peter Ross, un constructor de éxito en Belfast, y Russell Thomas, dueño de una productora que hizo algún que otro videoclip al grupo musical, no parecía importarles mucho semejante tempestad, o lo disimulaban muy bien. Chris nos dijo que saldríamos a cazar sin darle mucha importancia a la impertinente meteorología, pero había que esperar que llegasen los “perreros”, auténticos profesionales caninos que, con unos perros perfectamente adiestrados, movían el campo para las escopetas.

LA PRIMERA BECACINA

Uno de ellos era Kieron Fox, que traía una pareja de bracos alemanes educadísimos. Criaba, vendía perros y cazaba para quien alquilaba sus servicios. Una excelente profesión para un enamorado de los perros y la caza. Qué bien vendría uno de estos profesionales para las “manos perdiceras españolas”. Descubriríamos por ejemplo que existen perros de muestra que cazan pegados a su dueño y pendientes de sus órdenes.
Chris nos invita, mientras llegan otros dos perreros contratados, a dar una vuelta por el prado de hectárea y media aledaño a la casa donde a lo mejor levantar alguna becacina. Y allá que nos fuimos los dos forrados de pies a cabeza de gore-text y otras membranas.
Como no tenía la más mínima esperanza de que saliese nada, saqué directamente la cámara para hacer las primeras fotos a Lucas, acomodando la paralela como pude entre los brazos y cubriendo todo lo posible la cámara porque no era precisamente submarina. Lucas se pegó a Fox por la derecha y yo me abrí a la izquierda para tener más perspectiva. Hado dos o tres fotos cuando de repente…¡la madre que…!, me sale una becacina a diez metros, remota con el aire de pico, vira a la izquierda y, al darle de costado el fortísimo viento, la lanza como un resorte hacia Lucas.

En décimas de segundo hago malabarismos con la cámara y la escopeta, que logro subir al hombro. Pego un primer tiro sin saber dónde y ya con el izquierdo le corro exageradamente la mano y cae como un trapo más alla de Lucas y Fox.¡Qué ilusión me hizo y qué esperanzas me dio!. Aparte del tiro, si en los primeros dos minutos de caza ya había matado a una becacina, ¿cuántas más veríamos cazando durante casi tres días? Para colmo salieron dos más que no pudimos tirar. Llegué a pensar incluso si tendríamos bastantes cartuchos con el cajón de 250 que nos había traído Chris, por cierto de la marca Diana, fabricados por MAXAM –la UEE de toda la vida-, aunque un poco escasos tanto de gramaje como de grosor: 24 gramos del 9, concretamente cartuchos de skeet, insuficientes a distancias medias y largas para la becada, pero es lo que había.
Como armas, puesto que no llevamos las nuestras, elegimos sendas paralelas que nos ofreció Chris con las que, la verdad, nos sentimos muy cómodos.

PARAISO DE BECADAS Y BECACINAS

Las Islas Británicas, por su situación y hábitat, se convierten en lugar de paso e invernada de un gran numero de aves migratorias procedentes principalmente de los países escandinavos, sobre todo becadas y becacinas.
Aquí donde nos encontramos, la latitud y la alta pluviometría hace que el paisaje sea una inmensa alfombra verde en forma de prados salpicada de pequeños bosquetes, principalmente de abetos, plantados como recurso forestal. Las cuencas de los ríos también suelen estar tapizadas por una maleza variopinta en la que se mezclan abedules, zarzas, enormes tojales y los preciosos acebos, que son tan abundantes como los chaparros en España.
La becada tiene, pues, un paraíso: espesuras donde pasar el día a buen recaudo y prados a los que acudir de noche para comer. Y con tanto praderíos encharcado la becacina también se encuentra en su salsa. A todo esto, al menos en la zona que tiene arrendada Chris, hay que unir la escasa o nula presión cinegética porque sólo él, sus amigos y clientes, pueden cazar en tantas miles de hectáreas.

INICIAMOS LA MARCHA

Una vez llegaron los otros dos perreros, todos salimos hacia el cazadero.  Éstos eran Sidney Hamilton y Janson Wright. Sidney traía un Springer spaniel, un “levantador” infatigable, mientras que Janson un par de cockers muy pequeños pero incansables. En total, cuatro escopetas, tres perreros y cinco perros.

La estrategia era simple, distribuirnos en mano y avanzar. Los perros, obedientes y eficientes, iban registrando los matones o los padros hasta que levantan alguna becada o becacina que, si tú no la veías salir, ya se encargaba alguien de gritarle “woodcok” si era becada, o “snipe” si era becacina, sus nombres ingleses.

Pero desde el primer momento ya vimos que los pájaros no estaban donde tendrían que estar. Las aves, sobre todo las migratorias, son muy sensibles a los cambios atmosféricos y cambian las gerencias para ponerse a buen recaudo. Demasiada agua y viento. Todos coincidimos que muchas habrían bajado más al sur y otras se habrían bajado más al sur y otras se habrían refugiado en los grandes bosques de abetos.

Primero avanzamos por un prado semiabandonado por el gran número de junqueras y tojales que ya atesoraba, ideal por tanto para que saltaran becadas y becacinas. Nada.

A veces las gotas del agua, acelerada por el aire, te hacían daño en la cara. El gorro que llevaba se me volaba a menudo, hasta que harto lo enrollé y lo metí en un bolsillo de mi chubasquero Chiruca. Poco después nos metimos en una joven plantación de abetos muy tupida surcada de pequeños regatillos y “agujeros negros” –el suelo es, generalmente, una eterna turbera- rebosantes de agua que podían tener hasta un metro de profundidad. Los esquivaba como podía hasta que terminé metiendo la pierna en uno de ellos, posiblemente el más profundo. Al garete las propiedades de la bota de Gore-tex y el pantalón impermeable. Un auténtico desastre. Lucas y yo éramos los únicos con botas de agua. Como dice el refrán, “a donde fueres haz lo que vieres”.

ESCASEZ DE AVES

Hasta ese momento sólo habíamos escuchado un tiro y fue una becada que le voló a Russell. Cayó en el bosque de abetos y finalmente- como no- la cobraron los perros.

Poco depuse tira Lucas una becacina que le han puesto los bracos de Kieron. La ha matado muy bien unos metros por delante y cuando llegó a fotografiarlo con su primera pieza uno de los bracos sigue de muestra. Kieron lo manda cobrar, cosa que hace a la perfección.

Estoy sorprendido con estos perros y su alto nivel de adiestramiento. En España, ya sabemos lo que abunda, perros alocados con collares eléctricos en el cuello y cazadores con muy poca paciencia. Aquí no, a estos profesionales se les nota oficio y a los perros muchas horas de adiestramiento y campeo sobre caza real. Las actuaciones de estos perros son sin duda uno de los alicientes de esta aventura que, por ahora, está siendo parca en capturas.

Ahora nos metemos por una zona que, a priori promete. Es una amplia ladera salpicada de grandes tojales. Voy pegado a Sidney Hamilton y a su maravilloso Springer. No deja una mata por registrar. Vuela de repente una becada larga que no puedo tirar. Seguimos un poco y me casa otra tirable, pero no con 24 gramos del 9. Descargo la escopeta sin resultado. La cosa parece animarse.

Sigo con Sidney a mitad de la ladera hasta bordearla para luego remontar hacia una especie de páramo donde nos juntaremos todo. De repente, el Springer se pone más nervioso de la cuenta y me levanta a cinco metros de un tojo una becada que me pasa cruzada hacia mi izquierda como una exhalación. Creo que del susto se me escapa el primer tiro y con el segundo me precipito como un neófito. Para colmo, al segundo tiro, se levanta por donde acaba de pasar la pitorra una becacina –las desgracias nunca vienen solas-, pero al estar descargado, se la canto a Russell, que es el único cazador que va a mi izquierda. Le entra alta, de pico, y a la arruga en el aire con toda la elegancia británica que pueda imaginarse.

Al momentos nos juntamos todos en aquel páramo. Cuesta mantenerse de pie por culpa del vendaval que nos azota, aunque ya a ratos no llueve. Lucas no ha visto nada más. Para colmo a cada rato tienen que pararse a limpiar sus gafas. Peter comenta que la última vez que recorrieron este lugar tiraron más de quince becadas. Está claro que San Huberto se ha olvidado de nosotros en este viaje, al menos por el momento.

De allí nos fuimos a comer unos sándwiches a un bar de la zona, aunque Lucas y yo estuvimos más pendientes de la chimenea que de la comida. Secamos lo que pudimos, pero sin rematar. Hubo quien se quitó las botas de agua y literalmente sacó medio litro de cada calcetín.

OTRA BECADA A CRIAR

Tras el refrigerio, de nuevo al tajo. Con la tempestad, fuimos a visitar un frondoso bosque de abetos y sus alrededores. Quizá con este tiempo algunas hayan buscado refugio entre grandes troncos tan rectos como altos. Primero cazamos los alrededores, donde había bastantes tojos, y otro becada que casi me da la mano. Nueva salva al aire y la otra no sé donde. ¿Será posible? Lo achaco a que la presión del gatillo es menor que la de mi escopeta y ante la tensión, aprieto más de la cuenta. Luego le pasa a Rusell y me la mata. Menudo traje de lana inglesa me acaba de hacer.

Al rato nos metemos todos en mano en el abetal, ya que tenía yo ganas. Sin embargo, al menos éste, apenas tenia vegetación arbustiva y lógicamente pocas becadas íbamos a sacar. Sí pude comprobar los destrozos que había hecho el temporal de viento. Un montón de abetos estaban partidos y varios caídos enteros porque las raíces no había podido sujetarlos. Al final del bosque sí crecían algunas matas prometedoras, y efectivamente salió una becada dónde no me lo esperaba. Primero se elevó en vertical y luego se lanzó hacia abajo para salir del bosque por una esquinita. Le pude tirar una vez hasta que se tapó, pero segundos después, al salir del bosque, un tiro perfecto de Peter la bajó del cielo para siempre. Creo que Peter conocía muy bien ese rinconcito por el que debían salir casi todas las becadas.

PRECIOSO DOBLETE

De allí nos fuimos a probar fortuna en unos pastizales salpicados de algunas junqueras, varias correnteras y manchones de tojos. Uno de sus límites era un río que venía bastante creidito. Si fuese becacina elegiría un sitio como éste para pasar el invierno.

Iniciamos la mano. Casi me he matado saltando otra puñetera alambrada. Están pensadas para las ovejas y tienen esa altura ideal para dejarte enganchadas las partes nobles al mínimo descuido. En Irlanda, estás continuamente saltando alambradas de espinos, así que es recomendable proteger bien los “bajos del vehículo”.

Superado el obstáculo, al poco tiempo, delante de Lucas, que iba a mi izquierda, se levanta una becacina larga que me cruza casi sin opciones, pero le largo los dos disparos corriendo mucho la mano e inmediatamente la veo perder velocidad hasta posarse cien metros delante y a mi derecha. Algún plomo lleva. Janson inicia el cobro con sus dos cockers y la encuentran ya muerta.

No sale nada más, sólo un faisán que ha sacado con soltura, tras una guía espectacular, el braco de Kieron. Yo estaba con la cámara esperando que le saliera a Lucas una becada o una becacina para intentar inmoralizar el lance pero lo que sale, corrido muy a la izquierda, es un precioso faisán macho que le entra “cacareando” y de pico a Peter, que lo bate limpiamente.

Tras caminar un par de kilómetros, volvemos a los coches  pegados al río. A ratos llueve con fuerza. Decido pegarme a la orilla buscando un cazadero menos monótono. Pienso, ingenuo de mí, que a lo mejor puedo levantar algún pato despistado que descansase en alguna recula, pero se trata de un típico río truchero de fuerte corriente. ¿Quién se va a posar en esta agua revueltas? Como no me salte una trucha…

Andaba yo en estos pensamientos cuando a mi derecha mis compañeros inician un tiroteo tremendo. Me pongo en guardia y de repente veo aparecer una becada dispuesta a atravesar el río Cuando me encaro, ya había superado la mitad del cauce, pero la dejo volar un poco más y cuando calculo que está llegando a la otra orilla, la tiro. Cae revoloteando, choca con las ramas de un árbol de la orilla y desaparecen en un suelo tapizado de hierba a medio metro del agua. Creo que está muerta, pero no estoy seguro.

Aparecen mis compañeros. Lucas viene emocionado. Dice que han salido dos becadas juntas, una la que ha volado hacia mí y la otra ha logrado abatirla. Compartimos la alegría cuando le digo que también ha caído la segunda… pero en la otra orilla.

Kieron me pregunta si está muerta. “Me parece que sí”, le respondo, y le señalo a continuación el lugar exacto del “aterrizaje”. De orilla a orilla hay por lo menos 40 metros. A partir de aquí, asistimos sin duda al cobro más espectacular del viaje.

Kieron llama a uno de sus perros y le ordena cruzar, pero la corriente es tan fuerte que se lo lleva cien metros río abajo. Su dueño lo acompaña por la orilla sin parar de animarlo. Consigue por fin tocar la otra orilla y ahora le ordena buscar hacia arriba. El perro registra minuciosamente hasta que poco a poco va llegando al lugar. De repente se pone más nervioso de la cuenta y corre aceleradamente detrás de la becada hasta que la engancha. Estaba alicorta, pero curiosamente no se ha movido.

El perro, con la becada viva en la boca, se lanza a la corriente que se nuevo se lo lleva aguas abajo, hasta que vuelve a ganar la orilla y salir, entre aplausos, con el ave aún viva. Compruebo también que un perdigón le ha roto el pico y quizá por eso no se apeonó.

Este precioso lance cerró un primer día de caza pasado por agua y viento. Ya sólo quedaba esperar que los cielos del día siguiente nos fueran más propicios. Lo serían, pero tampoco para dar un agradable paseo por el campo.

UN CAMINAR DIFICIL

Cuando amanece llueve a ratos y sopla un airecillo nada apacible. El frente atlántico empieza a remitir, pero todavía nos queda soportarlo. A veces me embeleso observando la velocidad a la que vuelan las nubes.

Ante un panorama parecido, con buen criterio la organización nos lleva a un cazadero resguardado del aire. Es claramente becadero. Se trata de una larga y empinada ladera que cuatro o cinco años atrás fue un frondoso bosque de abetos madereros. Tras la tala lo reforestaron pero la llegada de luz ha animado al resto de arbustos de la zona a forzar una espesa maraña vegetal entre la que destaca especialmente el acebo. Y debajo de esta selva que a veces te llega al pecho, una enorme cantidad de troncos de diversos tamaños de las ultimas cortas te ponen los tobillos a prueba.

A pesar del suplicio, el cazadero promete pero tampoco hay becadas, al menos las que tendría que haber. Dos tiros a mi izquierda me ponen alerta y casi al momento veo, lejana, transponer a una pitorra. La había tirado Lucas. Poco después se arranca otra delante de Peter y de mí, un poco larga para ambos. Tira Peter, tiro yo y la becada cae milagrosamente, aunque sólo alicortada. Llegamos por fin a la cuerda y nos salimos de aquel infierno para cambiar radicalmente de cazadero y de especie. Ahora aparecen ante nosotros suaves colinas del pastizal ralo que me recuerdan, aunque sin brezos, el hábitat de las grouses. Al parecer algunas quedan por estos parajes y Chris comento su intención de recuperarlas. Para eso tiene que llevar a cabo dos tipos de acciones: controlar algunos predadores como zorros, visones, urracas y cornejas y realizar quemas controladas de brezo. Al parecer, el gobierno irlandés no pone pegas, sino todo lo contrario. Se fía del plan que proponga el experto que contrate Chris. No es lo que pasa precisamente en España. Pero la gestión que Chris quiere aplicar en las doce mil hectáreas que gestiona va más allá. Quiere también construir charcas para aquerenciar cercetas y azulones, por supuesto salvajes. Su romanticismo le obliga a descartar cualquier animal de granja.

Como iba diciendo, algunas escorrentías te hacen soñar con el arranque de alguna becacina, que es lo único que puede haber en este lugar. Y así es. Primero veo salir una larga sin opciones; luego otra a la que le pego dos tiros y aterriza de mala manera detrás de un pequeño montículo. El spinger de Hamilton la cobra sin problemas. También está alicortada. Tirando a distancias medias o largas con esta munición son normales estos tiros tan 2sucios”.

Poco a poco nos vamos encaminando hacia los coches, pero antes rebuscamos unos praditos que prometen. Algunos siguen cuidados y sus propietarios, posiblemente porque siguen siendo ganaderos, se preocupan de desbrozarlos, pero en otros han triunfado la opa hostil de zarzas y tojos. Son sin duda las mejores para encontrar becadas, pero este abandono de tierras y la desaparición paulatina de esta cultura agroganadera, ancestral, tan beneficiosa para el ecosistema, te hace reflexionar con pesimismo sobre el futuro de estos campos. ¿Qué pasará cuando todos se conviertan en selvas impenetrables?

Precisamente en uno de estos prados condenados a la extensión abatí la becada mas difícil y complicada. El Springer de Hamilton revisaba unos tojos con mucho nerviosismo. La becada, o estaba por allí o había estado segundos antes. De repente el perrero grita “woodcok, woodcok”. Cuado la localizo vuela ya lejos, de culo, y está a punto de taparse entre unos árboles. Encaro, busco el gatillo izquierdo, le lanzo el puñado de perdigones y, para mi sorpresa, cae a plomo. No me lo puedo creer ni se lo cree Hamilton que me felicita efusivamente. Tras unos minutos de búsqueda en la maraña, el springer sale con ella. A veces menospreciamos los efectos letales de más de 300 perdigones del 9 bien dirigidos.

TARDE DE BECACINAS

Antes de nuestro viaje Chris tenia previsto llevarnos a la finca de un amigo que al parecer era n verdadero semillero de becacinas, pero ya nos dijo, nada más llegar, que el “emblemático semillero” estaba literalmente inundado.

Por eso nos tuvimos que conformar con las que no salieran por los prados que recorreríamos, algunos de ensueño para unas agachadizas que prácticamente brillaron por su ausencia. El frente atlántico, seguramente, al igual que a las becadas, las habría empujado al sur.

Esa tarde, sin embargo íbamos a ver y tirar algunas. El cazadero al cual nos dirigimos esa misma tarde era una llanura semiencharcada con bastante broza, aunque rala. Avanzábamos con un fuerte viento de cara, los perros por delante. Hasta seis muestras hicieron los canes, pero entre el fuerte viento y los quiebros endiablados de estas avecillas, no recuero si llegamos a cobrar alguna. Y para rematar la tarde, cuando camino junto a Lucas buscando los coches, nos sale una d ésas mil veces imaginada. Nos sale, como siempre hacen, contra el viento. El cielo era todo becacina. Pus bien, descargamos ambos la escopeta y no le tronchamos pluma. Ah, en este día se pudo ver, por momentos el sol irlandés

Tras esos dos días intensos de caza, volvíamos a Madrid. Pero esa noche celebramos una cena por todo lo alto con las becadas abatidas. Al horno, poco hechas y por supuesto con sus intestinos. Estaban exquisitas. Sin embargo, Chris nos quiso obsequiar con una tercera salida matutina antes de volver a Dublín y tomar el avión.

ÚLTIMA SALIDA CON SABOR AGRIDULCE

Llamó para la ocasión a un nuevo “perrero”, el irlandés Bryan Johnston, que se presentó con una variada “rehala” compuesta por dos cockers, un Springer y un labrador. Esta vez también vino Chris.

Por el cazadero elegido, fuimos claramente en busca de becadas: prados con espesos tojales y algún que otro boquete de Bryan nos ojeó.

Tuve una mañana aciaga. Todos tiramos becadas, yo el que mas, cuatro en total. Las cuatro eran abatibles, pero no era mi día. Rodas las tiré cruzadas, un poco largas, pero podía haberme quedado al menos con alguna. Para colmo, la última la tiré en el último suspiro de la jornada, cuando Bryan remataba ya los últimos metros del bosque que nos ojeaba antes de volver a los coches. Para colmo cayó herida en un bosquecillo aledaño y no pudieron cobrarla los perros.

Con este sabor agridulce concluyo esta grata experiencia irlandesa que sin duda vale la pena experimentar por la amabilidad y profesionalidad de la organización, por el trabajo de los perros y sus conductores, por los paisajes y porque se trata de una caza de verdad., sin trampa ni cartón, sufrida a veces, pero doblemente satisfactoria. Tuvimos en contra el viento y la lluvia, pero que le vamos a hacer, así es la caza y, a veces, el invierno irlandés.

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